¿Y qué hago con la comida?
- Tere Jimenez

- 18 mar 2022
- 5 Min. de lectura
Esta historia comenzó aproximadamente hace unos 4 años, cuando después de haber tenido temas con mi peso, finalmente empecé a bajar de peso. Ahora, los llamo "temas" pero en realidad eran problemas serios, de tal magnitud que me fueron marcando durante mi vida: no poder verme al espejo, estar enojada conmigo todo el tiempo, sentirme la más sola, discusiones en casa, dejar de comer para posteriormente comer como si no hubiera un mañana... Todo lo que involucraba no aceptarme, y mucho menos quererme.
Pero en 2018, cuando finalmente, después de varios estudios, encontramos la formula, sentí que mi vida cambiaria, finalmente estaba bajando de peso y la vida que había soñado se abriría frente a mi . Y sí, la bascula reflejaba un cambio, pero mi mente no lograba asimilarlo. Yo me seguía viendo igual, seguía sin aceptar la imagen que el espejo reflejaba. Al paso de los meses, esos kilos perdidos se empezaron a notar en mi ropa y en mi físico y aquí es donde empezó uno de mis problemas: la imagen que veían los otros de mi. Los halagos, las felicitaciones, las muestras de admiración no se dejaron esperar, se hablaba de mí y yo empecé a sentirme aceptada y querida por ya no tener ese peso que al parecer a nadie le gustaba. En mi mente empezaron mis ecuaciones matemáticas: a menos peso, más aceptación y más admiración y cariño, por lo tanto tengo que bajar todavía más. Cada vez que alguien me veía y se sorprendía "por lo bien que te ves así" yo decidía bajar un poco más para verme aún mejor. Como si estar delgada fuera verse bien. Y por el otro lado si no me decían que me veía delgada, lo tomaba como que ya no había esa aceptación y tenia que bajar aún más de peso. Se viera por el lado que se viera yo sentía la necesidad de seguir bajando. No tenia claro a donde quería llegar, sólo tenia claro que tenia que perder más y más.
El ejercicio, específicamente, el correr ha sido parte de mi vida ya desde hace varios años, lo empecé a hacer por gusto, después se convirtió en pasión y para estas épocas ya era el castigo. Si por alguna razón un día comía de más, al día siguiente me castigaba corriendo 1 km más o lo que se necesitara para desquitar lo que el día anterior hubiera comido. Sin embargo mi rendimiento no avanzaba, no sentía que corriera ni mas rápido ni de mejor forma, era solamente el castigo por comer. A finales del 2019, empecé a entrenar en un gymnasio, pero no para mejorar mi forma física o rendimiento, sino para poder bajar más rápido de peso, obligarme a hacer lo que fuera para seguir "viéndome bonita delgada"

Y llego la pandemia... el terror invadió mi cuerpo, sí por la situación mundial pero más por el temor a subir de peso. El pensar que tendría que encerrarme con un refri y alacenas con comida me hacían sudar frio, el enemigo estaba en casa. En esa época fue cuando descubrí que si tomo café, té o agua saborizada cuando tengo hambre, ya no tengo que comer. Al no querer salir ni al super, compraba lo estrictamente necesario e indispensable para no tener tentaciones, así no había forma de comer aunque tuviera hambre. Por otro lado, el entrenador me mandaba rutinas las cuales realizaba en la mañana y en la tarde me buscaba videos de youtube de ejercicios varios, bajo la excusa de tener tiempo para probar nuevos ejercicios y clases me ponía a saltar como canguro en las tardes. Parecía el plan perfecto. Llegue a mi peso más bajo, aunque seguía sintiendo que tenía que bajar más, para verme diferente y poder verme con amor en el espejo, sólo veía todo lo que me faltaba trabajar para llegar a ese yo ideal. El saber que, a pesar de todo lo que pasaba a mi alrededor, yo tenia control de mi hambre y mis antojos, me hacía sentirme empoderada. Yo decidía cuando y que comer y le indicaba a mi cuerpo cuando sí y cuando no tener hambre. En medio de tanta incertidumbre el tener el control de algo, me hacía sentirme un poco más segura. Al haber quedado aislada completamente sola, al correr de los meses empecé a sentir un vacío, una necesidad de interacción o compañía. Quería llenar esa necesidad con comida como antes lo hacía y al mismo tiempo me regañaba por querer hacerlo como antes, si en mi cabeza ya no era la misma de antes físicamente, pero emocionalmente si: seguía esa carencia de aceptación propia.

Cuando parecía que ya tenia yo un mejor control de mi situación, empezamos a salir nuevamente. El miedo, la angustia regresaron. No sabia como podría afrontar el hecho de volver a interactuar con otros y más aun, enfrentar la comida nuevamente. El hecho de encontrarme nuevamente con amigos, estar en un ambiente donde hay comida, que me vieran en vivo cuando yo no aceptaba mi físico, me causaba mucha ansiedad. Ponía excusas para no salir, para no encontrarme con el exterior nuevamente donde el peligro de volver a comer y perder el control estaban latentes. Hasta que finalmente empecé a notar que los halagos llegaron nuevamente, sobre mi perdida de peso y lo bien que me veía. Eso me animo nuevamente a salir y seguir conservando mi distancia de la comida. El cubrebocas era la excusa perfecta, uno no puede comer si tiene miedo a quitárselo. El plan perfecto con modificaciones, sin perder el control.
Podría haber funcionado pero no solo ya no bajaba de peso, sino que empecé a notar que no mejoraba en mi rendimiento físico ni en mi aspecto. Y entre menos mejoraba, más me enojaba y menos comía, me culpaba por estar gorda y así no podría lograr mis metas de ejercicio... se había vuelto ya mi circulo. Hasta que me di cuenta que no sólo no mejoraba, sino que empeoraba, estaba cansada todo el día, de mal humor, la piel reseca, los ojos hinchados, ojeras, y una tristeza que no comprendía. Después de una sesión de ejercicio donde no pude ya moverme, y tuve que esconderme para llorar de frustración, mi entrenador habló conmigo. Esas platicas continuas, a modo broma a veces pero llenas de verdades empezaron a remover cosas en mí, y mi relación conmigo. Por otro lado las amigas que me abrieron los ojos para reflejarme de otra manera frente al espejo y así entender mejor que era lo que me hacía ver lo que yo estaba viendo. Definitivo, eso no es lo que quería ni merecía.
Hace algunas semanas ya pude visualizarme de otra forma, pude verme al espejo por lo que soy y lo que tengo aceptando esto que soy y agradeciendo, no del todo visualizada pero si en proceso de. Entendí, que puedo ser mi mejor versión en cualquier talla y de cualquier tamaño. No es lo que veía en el espejo, sino como lo veía lo que me atormentaba. El sentarme a comer ya también se ha convertido en una actividad que empiezo a disfrutar, desde planear, preparar, adornar mi mesa y saborear los bocados con agradecimiento de tener la bendición de poder comer. No voy a decir que ha sido fácil este movimiento, ni que no me ha causado malestares físicos y emocionales, ni que ya todo quedo en el pasado, sigo dando saltitos de regreso, sin embargo ya no me castigo por eso. Estoy en el proceso y aceptándolo como tal.
Hace unos días me dijeron: No comas chocolate va a engordar y te vas a ver fea. Lo bloqueé, no necesito ya ese tipo de energía a mi alrededor.



Comentarios